Cuando abrí la puerta para ver quien molestaba frente a mi residencia, quedé sorprendido al ver la imagen de quien merodeaba los alrededores donde mi sencilla vida pernoctaba. Corrí el herraje metálico que resguarda la entrada y me abalance sobre quien me intriga con su escandalosa acción bulliciosa. ¡Mientras aquel, o aquella seguía acelerando a trancazos el ruidoso aparato de dos ruedas! un fuerte zarpazo se escucho en mi puerta, la que había dejado abierta a merced del aire y se cerraba intempestivamente bajo el impulso del fuerte viento que recorría la calle.
El sonido producido por el fuerte impacto detuvo el impulso con que me abalanzaba sobre el, o la causante de tal molestia. Asustado por una parte, y disgustado por otra, mis oídos reventaban, ocasionando que me devolviera con agilidad de lince para comprobar si esta había quedado cerrada; ¡pues no había sacado las llaves de su interior! Grande fue mi sorpresa cuando coloqué mis manos sobre el perfil del tablero, y ésta se abría dócilmente al solo toque de mis dedos. ¡¡El trinquete de la cerradura se había desmoronado por completo!!
¡Ahora, quedaba libre el paso a su interior para cualquiera que intentara violar mi intimidad!
¡Dentro de mi aturdimiento intenté analizar el daño que ha sufrido la cerradura, fue entonces cuando noté que el sonido escandaloso de aquel motor se apaciguaba, y una figura se colocaba a mi espalda, mientras unas delicadas manos se asentaban cuidadosamente sobre mis hombros, lo que hiso qué girara suavemente mi entumecido cuerpo para ver el rostro de quien se posicionaba de mi frágil y delgada contextura.
Fue entonces cuando pude darme cuenta que aquella máquina cuyo conductor aceleraba a giros del manillar de su moto, vestía de negro; el mismo tono de su estridente vehículo. Aquella imprudencia aturdía mis frágiles oídos con el ruido de su SUZUKY GSX 750. La que al principio mis ojos habían visto como un escandaloso motero cambiaba ahora su aspecto por una hermosa y escultura doncella. Impresionado cuando se quitó el casco protector de su cabeza y mi ojos podían reconocerle. ¡Una delicada y hermosa flor otoñal!
Era Natalia, la hija del dueño del edificio donde procuro mi centro habitual de descanso. ¡Nos fundimos en un fuerte abrazo!
Al cabo de los minutos le recriminaba por su presencia en tal forma, como al igual le inquiría por su vestimenta ¡qué por ende, me horrorizaba! Sensual y encantadora como siempre me respondía con su alegre sonrisa, ¡¡feliz se encontraba!!. Todo, por haber coronado su gran sueño dorado: Ser portadora de un carnet que la acreditaba como conductora de moto, y lista para «latigar» el estrambótico aparato como si fuera su propia cabalgadura. ¡Aquello a lo cual por inercia le tengo un pavor enfermizo! ¡Pero era con lo que siempre había soñado! según lo dijera hasta entonces, porque nunca antes me había hecho participe de semejante locura.
— ¡Juro que le tengo respeto a las motos de gran cilindraje. -dije mirándole a los ojos con dulzura de siempre.
—¡Te invito a dar una vuelta! -dijo la hermosa mujer en tono melodioso, al tiempo que arqueaba su cuerpo hacía mi rostro para tocar con sus labios una de mis aturdidas orejas.
— ¡Quien crees que eres para seducirme a cometer semejante locura! -respondí enérgicamente-
— ¡Olvida lo sucedido y ven, te enseñaré como una chica como yo sabe hacerlo!
—¡Estás loca, si crees que voy a subirme contigo! -volví a inquirirle-
—¡No sabes lo que te pierdes! – Rezongó entre labios al mismo tiempo que giraba su cuerpo para tomar posesión de nuevo sobre el asiento abollonado, quien disfrutaba de sus portentosas sentaderas.
Se acomodó el casco mientras yo aún aturdido le miraba sonriente. Colocó sus manos en los manillares haciendo un guiño con sus bellos ojos, lo que observé levemente cuando daba marcha a su maquina con influencias profesionales. Tres fuertes aceleradas y el aparato salía como alma envalentonada, para fundirse entre el fuerte viento que pegaba a su dulce figura y el polvo que levantaba sus ruedas, mientras sus manos aferrada a los gruesos manillares hacía volar el amasijo de hierro. Hilario, boquiabierto le vio perderse entre la gruesa capa de polvo y la vía que daba paso a su desenfrenado orgullo femenino. Sus ínfulas de poder y grandeza era su orgullo como la de cualquier motero profesional. ¡¡Admiro a aquellas audaces mujeres que proporcionan emociones fuertes y locuras que no dejan dormir; pero no comparto que mi chica me llene de pavor!!
¡Qué lastima de mujer musitaba entre labios el ofendido, mientras observaba su figura sombreada por el atardecer perderse en la lejanía. Ahora, solo le restaba regresar a casa y buscar solucionar su problema, pero sus inquietos labios no podrían quedar cerrados y explotaron con una mediana queja:
— ¡Con lo que me gusta, y lo que podría hacer de ella! pero está actuando en este momento como una «cabra montañera». Levanto el rostro hacía el cielo y musitó: qué sea lo que Dios quiera! Hilario y Natali se conocían desde niños, en su juventud siempre caminaron juntos, hasta que un día se ennoviaron y dieron rienda suelta a sus emociones carnales, por lo que no había duda de sus gustos preferenciales para su fiel enamorado, a excepción de la idea bárbara de Nathalie, ejercer dominio sobre vehículos de dos ruedas.
Justo llegar a la puerta y empujarla, Hilario notó la presencia de guardias civiles que recorrían sobre el mismo sentido; quizás en busca de un buen encuentro con la joven motera, quien intentaba obnubilar el mundo de su alrededor.
Aquel silencioso enamorado pudo conocer inmediatamente el final de aquella loca y desenfrenada demostración. Su osadía le hacía acreedora a su primer multa de tráfico por conducción acelerada; Doscientos pavos y retención de su carnet por un año. ¡Que más se puede esperar de un orgullo que se tilda de machista, y la vanidad de una hermosa mujer por sobresalir ante un mundo inquieto que va a su paso con otros pensamientos y rumbos distintos!
Así termina el desenfrenado ideal, de quien con desparpajo quiso lucir su hermosa figura activando su valentía de guerrero en plena competición. Luego, con el ánimo postrado por la entereza con que quiso satisfacer su «ego» humano, llegó el lamento como resultado de la locura y el desenfreno del mismo inconsciente, quien se responsabiliza cuando actuamos de manera acelerada y nos lleva a una pesadilla: «La locura» del lamento» ¡¡¡Así se le debería llamar a aquello que nos espera con brazos abiertos, a quienes presumen o, presumimos más de lo que debemos tener en común!!!
Quizás muchas moralejas se podrían sacar de esta pequeña pero real historia, donde el orgullo y la vanidad van de la mano indiscutiblemente juntas, con propósitos entorpecedores al sentido común de nuestra personalidad, dejando en entredicho las valoraciones efímeras que hacemos sobre nuestra posibilidades; aquellas con las que pretendemos fascinar al mundo que nos rodea. A partir de ese momento nuestra responsabilidad quedará en quiebra y habrá que enterrarla junto a nuestra escondida o ignorada… ¡pero aludida ignorancia!.
¡¡¡Se cuerdo y no te dejes llevar de emociones que encajan perfecto en el deterioro!!!
www jairo-marquez-n.es/
