LA NIÑA DE LOS ZAPATOS ROJOS

                      Eran las tres de la tarde y Ainhoa despertaba asustada de su sueño dominical, el  que después de comer y degustar su postre del medio día tomaba. Su padre, quien vigilaba su sueño la vio agitar sus brazos de manera extraña, ¡Supuso que soñaba! Se acercó cuidadosamente a su cama, toco la piel de su pálido rostro con muestras de estupor. Movió su pequeño cuerpo, asustada abrió sus ojitos y estupefacta miraba a su progenitor.

El amoroso padre la tomó en sus brazos y con palabras de dulzura intentaba conocer el porqué de su estremecimiento y temor. Abrazada a su cuello contaba haber visto algo feo en el sueño; la Navidad había terminado y ella no la había disfrutado aún; ¿Qué iba hacer ahora, cuando su mejor momento era disfrutar como todos los niños de aquella bella historia del amor de Jesús?

Su padre, sonriente le comunica que la Navidad no ha pasado aún; que debe esperar, que el día se acerca apresurado y ella podrá disfrutar de su momento, como todos los demás niños del mundo.

Ainhoa, sonriente apretujaba el cuello de su progenitor mientras  este le cantaba: Navidad, Navidad, pronto es Navidad, y mi pequeña dulzura con todos la disfrutará.

La colocó sobre sus pies mientras  ella acompañaba su estrofa favorita. Horas más tarde veía abrirse la puerta principal, era su madre, quien hacía su entrada al gran salón iluminado por el árbol navideño, cuyas luces de colores causaban un despliegue de emociones que invadían  sus cuerpos, sobre todo, a la madre, que al ver a su pequeña hermosura acercarse feliz,  seguía cantando. Luego le escucho decir:

— ¡Mami, mami… he tenido un sueño muy horrible!

— ¿Qué soñabas mi bella durmiente?

— ¡Qué la Navidad se había ido sin avisarme!

— No, no, que va mi amor… ¡pronto será Navidad!

Colocó sobre el sofá las bolsas que traía en sus manos, la tomó en sus brazos, acarició su lacio cabello, a la par de repetir las palabras del padre que pronto la disfrutaría. 

Como parte de ello tomó de una de sus bolsas un hermoso osito de peluche, tan grande como ella misma. ¡Era el que le gustaba! Lo entregó en sus delicaditas manitas diciendo:

— ¡Toma mi amor, esto es para ti!… y mañana, celebraremos el nacimiento del Rey de Reyes y Señor de Señores, Jesús el hijo de Dios.

La pequeña criatura muy contenta fue a su cuarto, colocó el oso al lado derecho de su cama, tendió su cuerpo, quedando profundamente dormida de nuevo. Muchas emociones se disfrutaban mientras seguía la jornada diaria de la casa, preparaban todo para la fiesta de media noche, cuando las campanas anunciasen la feliz Navidad.

A la mañana siguiente su abuelo llegaba con una canasta de dulces y flores que entregó a cada uno de los familiares. Ainhoa aún dormía.

Una caja de zapatos color rojo era para la más pequeña de la casa, su padre y su abuelo se habían decidido por ese regalo, ya que era su gran ilusión estrenarlo en un día tan especial para ella.

Horas más tarde Ainhoa despertó risueña y llena de ilusiones, se dirigió a la cocina para saludar de beso a su madre y abuela, también a dos de sus primas. La familia aumentaba.

Llegada la hora de compartir regalos todo era emoción de fiesta, alegría y esperanza, cuando a la luz de la realidad alcanzamos a degustar como loquillos todo lo que aparece en escena. ¡¡¡Hemos sido niños y que felicidad disfrutarlo como tal!!!

¡Es la grandeza de la Navidad para cuantos nos reunimos para celebrar con los más “peques” ese verdadero sabor del amor!

La vieja costumbre del nuevo continente era entregar en manos de cada uno de los pequeños, aquellos que nos trasladan a la luz de la aurora y el nuevo amanecer, un pequeño detalle que se convierte en lo más grande para sus corazones. Ainhoa recibía su caja con sus zapatos rojos. Al abrir el paquete y ver lo más deseado de sus sueños, los zapatitos color cereza, levantó su dulce carita y esgrimiendo lágrimas de alegría gritó a toda voz: ¡Gracias Jesús, por traerme lo que creía no había alcanzado, mis zapatitos rojos!

Todos a una dieron un grito enorme dentro de casa. ¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!

Así termina la dulce historia de muchos niños y niñas que cumplen sus sueños, mientras otros, solos y en silencio continúan sus vidas en la ingratitud de un mundo que sólo se acuerda de los suyos.  ¡Es para llorar!

                                                                                                                                                            Jairo J. Márquez Navarro

                                                                                                                                                                          22-12-2020

 

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