Cuando despertamos a la vida, el mundo nos parece eterno. De niños, disfrutamos la infancia con calor paternal como nuestra mejor medida: «Es el comienzo de nuestra educación». De jóvenes, disponemos nuestro sentir, evitamos la tutela de nuestros mayores, somos casi independientes y hacemos lo que nos da la gana, ¡pero a escondidas de ellos, claro está! Y cuando llegamos a la edad madura, sentimos que aún no hemos hecho lo que deberíamos haber hecho; es entonces cuando nos colocamos en el umbral del todo lo que quiero hacer, sin restricciones, ni miradas de cuidado, ni prohibiciones, ni negativas, ahora, somos únicos en el mundo por haber saboreado lo bello que da la vida en nuestros primeros pasos.
Al llegar a la última etapa de la vida, nuestro sentir y pensar se coloca en la posición de observador, analista, se mira con altura las cosas que se pueden hacer, y la mente despeja un sinnúmero de pretensiones que se salen hasta por los poros; somos los máximos y últimos en el planeta: damos ordenes, fabricamos reglas, y disponemos las cosas a nuestro parecer -antojo- como si las anteriores edades no hubiesen tenido capacidades para su crecimiento.
Nos empotramos en la cumbre del haber vivido lo que los otros no han alcanzado todavía. Es decir, el desliz de las aventuras más grandes -eso pensamos- Pero surge algo en el tiempo de nuestro vivir que aún antes no habíamos analizado, siendo ello lo que mejor nos puede pasar o sobrevenir, y gracias a ese punto en la convicción, nos hacemos conscientes e intentamos bajarnos de esa nube que formamos con vanidad y falso orgullo.
Nuestros cabellos se han blanqueado y al paso del tiempo se van cayendo, nuestros huesos se debilitan, se desquebrajan, entran a un estado de deterioro que tenemos que dejar que los más jóvenes nos tiendan la mano y hasta nos lleven agarrados. -Dicho en el mejor sentido de la palabra- titubeamos al caminar, se nos va el cuerpo al dar los pasos, y peor que todo, nos tienen que colocar la cuchara en la boca para hacer lo único que si compartimos otras veces con nuestros hijos, así como todos los demás, ¡comer! y esto; aunque sea con dificultad.
El mundo da vueltas y vueltas y siempre regresa al mismo lugar de su partida, nuevas generaciones con las que compartimos, aunque viejos, volvemos a ese mismo estado y somos más que felices; porque regresamos a ese mundo maravilloso que no tiene prisa, que no se afana y que busca ser feliz en todo tiempo y hora. ¡Ah… los nietos!
Esa es la más hermosa tarea, volver a aquel pasado que quizás olvidamos por momentos; pero que antes del fin del giro de la vida, lo retomamos con agrado y felicidad; porque fuimos una familia unida y «abrochada», llena de amor y cariño, gozamos de la amistad entre unos y otros: los llegados a la vejez, y los que van llegando a disfrutar de la nueva vida.
¡Sopésalo querido amigo, amiga; como fue tu paso por aquellos anales de tu historia vivida.
Pasando el tiempo, nos encontramos con huellas que dejamos y se añoran; lo que hicimos por nuestros hijos; entonces; ¿Por qué a día de hoy los viejos tenemos que terminar en una habitación de un edificio que no es nuestra casa, ni un lugar parecido al que gozaste con tu familia desde tu infancia; ahora, solos y sin ellos a nuestro lado que nos de vida, ánimo, y de paso, nos hagan sentirnos protegidos en cierta manera? ¿Es que no supimos formar una familia para siempre, o ellos son tan cerrados a la banda que no se dan cuenta!
PREGUNTA; ¿Cómo estamos formando nuestro hogar, a nuestros hijos y más aún, nuestro propio final en la tierra? ¡¡¡Quizás debiéramos tomar conciencia: jóvenes y viejos; dar de lo que nos dieron, y … todos tan contentos como debe ser!!!
¡¡¡Amigo… Está en tus manos el tener una vejez envidiable!!!
¿Están las culturas obligadas a cambiar nuestro sentido común? !Los hijos vienen y los cuidamos desde antes de nacer, los viejos se van, y no nos importa su soledad, ni el maltrato que puedan recibir! ¡Qué triste final, verdad?! Un anciano feliz…
