¡LA SUERTE ME DESPERTÓ ESTA MAÑANA! Al abrir mis ojos lo primero que hicieron fue enfocarse hacía mi mesa de noche para mirar que el quinto de lotería comprado la tarde anterior si estuviese allí. Me levante y corrí a la cocina a prepararme una taza de buen café. ¡Sorpresa! El deposito del soluble estaba vacío. Sentí pena. ¡Pena por mi mismo! Ahora me tocaba salir a la cafetería para cumplir con mi propósito de saborear ese delicioso fruto que siempre consumo.
Pedí a la empleada que me pasara el matutino de ese día, las noticias de la mañana siempre trae buenas consecuencias. Las repase mientras absorbía en pequeños sorbos el delicioso producto mañanero. Al mirar la página principal noté en primera plana un enorme número en color negro azabache; el mismo color de la delicia que degustaba. Lo observé con ojos desorbitados mientras apuraba el líquido agradable y regresar de prisa a casa. Me acerqué a la mesita de noche, tomé el pequeño pero ¿flamante! rectángulo de papel, y absorto más aún contemplé sus hermosos cinco números. Imaginaba muchas cosas más, no podía creerlo y entonces grité dentro de mis emociones ¡SOY MILLONARIO!
Si… Millonario de verdad; le había apuntado a la suerte y esta me sonreía. Tomé el coche y me apresure en ir a la oficina de pagos de la lotería. ¡Otra sorpresa me estaba esperando! Ya me habían depositado el dinero en mi cuenta bancaria. Me dirigí apresurado al director del banco, y del cual decimos: mi banco; pero es el de ellos, el cual me recibía con una enorme sonrisa de oreja a oreja, al tiempo que me me aseguraba; Ya hemos invertido su dinero en la compra de la «CIUDAD ENCANTADA» la cual usted nos dio la orden de comprarla. ¡AQUÍ TIENE SUS LLAVES!
Salí de nuevo a la calle para recrear mi rostro a la luz del día, respirar el aire fresco de la mañana y gozarme con un mundo que corría con afanes y penas por mis alrededores a quienes:
¡GRITÉ A LOS CUATRO VIENTOS QUE YO ERA SU SALVADOR DE MOMENTO!
Al escuchar mis palabras aquel mundo se abalanzó sobre mí agradecido por mis ofrecimientos que de palabra les hacía. ¡Gracias, gracias tu eres nuestra esperanza! gritaban. ¡YO ERA SU ESPERANZA! Los invité un día a casa y me despedí con abrazos.
— ¡Allá los espero! Dije, y retomé mi camino hacía mi casa.
Contento y más feliz que cualquier «banquero» abrí la puerta del rancho -como decía mi padre- y me dirigí al viejo sillón que en otrora había sido de mi abuelo, me senté estirando las piernas, quedando profundamente dormido en sus cojines abollonados de plumas.
Mientras dormía, soñaba que era pobre y no tenía nada que comer. Lo único que en mi alacena había era un poco de café tostado de ese soluble café Colombiano, que mi padre solía tostar al sol en el patio de nuestra casa.
Preparé una tasa mientras imaginaba un trabajo con el cual pudiese ganar tan siquiera para mi sustento, ya que los sueldos de hoy día no alcanzan ni para pagar la cuota de la casa. Estando en esas, escuche que alguien golpeaba la puerta. Era mi «vieja del alma» quien traía en sus arrugadas manos una tasa de café, al tiempo que le escuche parafrasear la siguiente frase: ¡Levántate perezoso y toma tu desayuno para que vallas a trabajar ¡PORQUE DE SUEÑOS NO SE VIVE HIJO! En ese mismo instante desperté del todo y sentí que el mundo se me venía encima, dejándome en el umbral del desconcierto; pues todo había sido solo un sueño nada más. Me froté los ojos y recordé, tantas veces ese viejo adagio dicho por mi padre:
¡¡¡SOÑAR NO CUESTA NADA; PERO DE SUEÑOS NO SE VIVE!!!