Le llaman Gema. Camarera por decisión y encantadora sonrisa, la qué utiliza con calidez atrayente y rasgos de sinceridad, su cortesía penetra en el corazón de quienes la admiran. Su sentido de atención para con los clientes, modera el sentido de presunción de quienes convergen con su sentido de humor.
Baja de estatura, piel clara y mirada alegre y dicharachera, con lo que deja entrever su carisma de atención al público que requiere de sus servicios hosteleros. Aproximadamente 24 años, deducibles por su complexión física que expone a su paso por donde mueve su pequeño pero ágil y hermoso cuerpo. Es cómo el complemento que mantiene la armonía entre los clientes y el negocio donde labora y satisface las necesidades financieras de sus jefes.
Cierto día de verano transitando cerca de su trabajo decidí hacerle una visita. Tomaría una taza de café al tiempo qué disfrutaría de un encuentro con su persona. Sería muy oportuno y agradable disfrutar de su sonrisa atrayente, la que embellece el lugar donde pasa ocho o más horas de trabajo.
Aquella tarde al entrar al bar del restaurante, note su rostro serio y frío cómo si hubiese tenido un mal momento. Me acerqué a la barra cómo siempre y saludé con un poco de timidez, ya que no tenía otra opción para hacerlo puesto qué su mirada se declaraba seria, como enfadada o indispuesta. No queriendo incomodar ni sufrir un rechazo por su parte sin razón justificada, opté por esa opción, más utilizando el sentido común:
— ¡Hola corazón! dije mientras ella miraba a mis ojos de tal forma como si yo fuese un extraño, al tiempo qué preguntaba:
— ¿Qué vas a tomar?
— ¡No pude ver su hermoso rostro sonreír, y a la par de no querer pronunciar más qué lo dicho!
Sin embargo le sonreí, haciendo un intento por ganar su gracia y cambiara de actitud. Pero todo esfuerzo fue perdido porque no sucedió nada de lo que yo esperaba. Sus ojos serios y fríos cómo si fuese el responsable de sus amarguras.
— ¡Ponme un americano por favor! Susurré agudizando mi voz, y a modo de hacerle entender la insatisfacción qué sentía por su forma de atenderme, pues siempre antes lo había hecho con su agradable sonrisa a flor de labios. Sin decir más, giró su cuerpo y tomó el rumbo hacía la maquina expendedora. ¡La miré desplazarse y observando su figura con ternura y cierta tristeza!
Agache la cabeza mientras sacaba el móvil del bolcillo trasero de mi pantalón, para escribir en mis notas lo qué acababa de acontecer. Siempre me ha gustado tomar nota de los sucesos y guardar material para cuando lo necesite. Mientras movía mis manos sobre el artefacto móvil, ella, ya había colocado la taza sobre la barra, justo a mi lado, y tan cerca que casi la tiro con el movimiento de mi brazo cuando me incorporé. ¡Estuve a punto volcarlo por encontrarme entretenido con el aparato!.
Levante la mirada y la busqué persistente, la vi atendiendo a otro parroquiano mientras qué aquel mantenía su mirada puesta en los pasabocas dentro de la cristalera de exhibición.
Me pareció injusta su manera de atenderme, no porqué me lo merezca, pero si por la amistad que íbamos cultivando de semanas atrás. Devolví la mirada sobre el móvil para seguir escribiendo la historia que venía redactando.
Permanecí largo tiempo ensimismado en lo que hacía, de pronto, tomé la taza, bebí un sorbo que aún estaba calentito, y procuré no sentirme ofendido ni despreciado por aquella insolente actitud, y me dediqué solo a recordar las otras veces que la había visto sonreír. Entendí que esta vez perdía el anhelo de conversar con quien me atrajera con su sonrisa y su forma de ser. Consumí el líquido amargo de mi bebida preferida mientras sopesaba que tendría sus propios problemas, y a raíz de ello no quise ser imprudente. Por el contrario, desocupé el contenido de la taza en un «plis- plas» y coloqué el valor de la consumición en la barra. Pasaron dos o tres segundos y ella no aparecía; «A tomar por el saco» pensé y salí rápidamente del lugar sin medir palabra alguna.
Recordé que la vez anterior había llevado un libro en mis manos que le llamo la atención. Curioseando intentaba mirar la portada. Al ver su interés le enseñe el titulo y le insté leerlo en voz alta: ¡SI ME DICES VEN, LO DEJO TODO! leyó pausado, alto y claro, lo que me sugirió hacerle una broma y termine diciendo:
— ¿QUE ME RESPONDES?
Esta vez no sonrió… soltó una carcajada la cual yo acompañe con las mías.
Nos despedimos con frases aduladoras y sonrisa en el rostro.
Fragmento de novela en ejecución.
